
Esta mañana no era mañana, porque no ha habido noche. O sí. Vueltas y más vueltas, sintiendo la temperatura subir y bajar, sintiendo mi cuerpo decir «hoy no voy a moverme ni a moverte». Y mientras siento todo esto, retuerzo la sábana. Y recuerdo, o sueño, quién sabe. Una mirada, un susurro, una mano cerca de la mejilla para comprobar que respiras lento, que tu piel está seca, que tu temperatura está controlada. Y recuerdo, o sueño, una luz tenue, un murmullo, un reflejo en el cristal. ¿Por qué hace tantos días que no llueve? Siento la garganta seca, necesito que llueva. El día que lo haga saldré a la calle a respirar la lluvia, a verla caer. Sí, eso es lo que pienso ahora, mientras retuerzo la sábana.
Y recuerdo, o sueño, que hubo un tiempo en que se ponía un traje, estrenaba perfume nuevo y salía a pasear, con la cabeza bien alta, por las calles casi desiertas de los días festivos, de los días de familia, de los días de desayunar churros con chocolate mientras los niños desenvuelven sus regalos. Hasta el día que lo hizo por última vez. Porque ¿verdad que todo tiene una última vez? Sigo retorciendo la sábana, y recuerdo, o sueño, los siguientes días de churros con chocolate donde ya no hubo churros con chocolate. Porque algunos se fueron, y otros decidieron irse, y ninguno avisó. ¿Qué habría pasado si hubieran avisado? Se está haciendo de día, mi cuerpo sigue diciéndome que no. Sigo retorciendo la sábana. Sigo recordando, o soñando… Hoy no lo sé distinguir.
Un día de diciembre, acabando 2023.

