Correr

No hacía falta correr. Tampoco hacía falta cerrar los ojos. Ni siquiera contar hasta diez. Lo que pasa es que me he dado cuenta tarde. No porque llegara tarde a pesar de haber corrido. Tarde porque mientras corría con los ojos cerrados no fui capaz de ver lo que tenía delante, lo que estaba pasando allí mismo, a mi lado, conmigo, en mi. Yo corría. Apretaba los puños, bajaba la cabeza y pensaba en llegar. Solo pensaba en llegar cuanto antes. Y contaba: uno, dos, tres… y así hasta diez. Y cuando volvía a abrir los ojos no había pasado nada, aunque, en realidad, había pasado todo. No hacía falta preparar nada, no hacía falta preguntar, no hacía falta esconderse. Correr parecía la salida más fácil y sin embargo… ¿Ahora qué? «¿vas a seguir corriendo?» me pregunta una voz que no sé desde dónde me habla. No respondo. Estoy quieta. Observo, escucho, no me muevo, no me atrevo. Quisiera correr, porque es lo que sé hacer. Sé que sería un error, lo sé porque ya lo hice y no salió bien. Por eso me quedo inmóvil, con los ojos bien abiertos, y cuento: diez, nueve, ocho… así hasta uno. Comprendo que no voy a conseguir deshacer el camino, respiro, y le digo a la voz que me hablaba: «No voy a correr. Déjame. No voy a correr más». Y se calla.

Octubre 2024

Coser

Todavía queda un trozo por terminar. Pero ahora no estoy segura si lo que falta es una pieza (porque estoy armando un puzle), o un botón (porque voy a querer abrocharlo), o quizás un trazo (porque lo que tengo delante es un dibujo). Tal vez lo que me queda por hacer es dar una última puntada con hilo de colores, hacer pequeños nudos en ese mismo hilo, y dejar un cabo suelto para recuperarlo un poco más tarde.

En cualquier caso, me he distraído mirando hacia arriba. He estado peinando el aire y se me ha escapado una nube, pero ahora mismo retomo el hilo de la historia.

Tardes de agosto cosiendo.

Hola y adiós

Te sentaste a mi lado en el sofá. No entendí por qué. Yo no te había invitado, no te había dicho que vinieras y mucho menos te había pedido que te sentaras a mi lado. Pero ahí estabas, mirando al frente, mirándome de reojo, en silencio, esperando. Esperando ¿qué?

También esperé un rato para ver si te movías o hacías algún gesto que me diera una pista de para qué habías venido. No te moviste, no me moví. Te levantaste lentamente, giraste tu cabeza hacia mí, sonreíste con los labios y con los ojos y volviste a desaparecer.

Caer

A punto de caer, o casi cayendo, que viene a ser lo mismo. No había piedra, no había obstáculo, no había nada. Sin embargo, he perdido el equilibrio. Busco donde agarrarme, busco un anclaje, pero todo apunta a que esta vez voy a caer. Cierro los ojos, me conecto conmigo, busco en mi cabeza todo aquello que aprendí: inhalar, uno dos, exhalar, uno dos tres. Repito una vez más. Y siento. Siento que no hace falta agarrarse siempre, que no es necesario buscar apoyo, que si caigo tampoco pasa nada porque me volveré a levantar. Entonces, me dejo caer. No tengo fuerzas. Caigo y digo «Hola suelo, aquí estoy, me voy a quedar un ratito contigo, en nada me levanto.»

Mayo se va

Estoy lloviendo

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Me gusta conducir, me gusta cada vez más. Hace años que conduzco y cada vez que me subo al coche para viajar, para hacer un trayecto un poquito largo, pienso «Me iría al fin del mundo, entraría por caminos y rutas por las que no he pasado nunca y me dejaría llevar». Y hoy lo he hecho. Además, sin que haya pasado nada especial, circulando por una carretera con curvas, ilusionada con mi viaje, contemplando un paisaje precioso, he empezado a llover. No me he dado cuenta enseguida. He notado que se me ponía un nudo en la garganta, que se me empezaban a empañar los ojos, y he parado el coche. Me he dicho «Estoy lloviendo». Me he sentido llover. No era tristeza, no era dolor. No he sabido ponerle nombre porque ha sido algo nuevo. Y la primera cosa que he pensado, la expresión que se acerca más a lo que he sentido ha sido «Estoy lloviendo». ¡Qué bien me ha sentado llover un rato antes de volver a ponerme al volante y continuar con mi viaje! Tal vez vuelva a llover algún día, o tal vez no. Quizás mi lluvia me acompañará en la próxima ruta.

Mayo lluvioso

Sueño antiguo

Ha sido como un sueño antiguo. De colores difuminados, de formas poco precisas, de rostros desdibujados. Ha sido como subir una escalera que no sabes adónde te va a llevar, como ver, a través de una ventana, un paisaje que se mueve y dejarte llevar por él hasta que alguien te toca el brazo y descubres que quien se está moviendo eres tú y no el paisaje. Y despiertas del sueño, y termina el viaje. Tu viaje por un sueño antiguo.

Final de abril lluvioso

Más

Siempre queremos más de aquello que nos gusta. Si pudiera elegir, yo leería más, escribiría más (y mejor), respiraría más. En todo caso respiraría conscientemente, con intención. Viviría más, disfrutaría más, amaría más… También reiría más, pasearía más, y miraría a mi alrededor con más curiosidad. Y soñaría mucho más, sin miedo, me daría permiso para soñar en grande, sin importar lo que vaya a pasar. Y dejaría de esperar que llegara el momento adecuado, o la persona adecuada, o el lugar adecuado.
Y ahora, mientras releo mis palabras, creo que lo que debo hacer es cambiar el tiempo verbal. Leeré más, escribiré más (y mejor), respiraré más, viviré mas, disfrutaré más, amaré más, reiré más, pasearé más, soñaré más. Y por supuesto, abrazaré más y más de verdad, y besaré más. Más de todo lo que me gusta, de todo con lo que vibro. De todo esto y de mucho más.

Día del libro 20204

Polvo

Me acabo de dar cuenta de que hace días que no enciendo la vela. Es que ya no la necesito para iluminar mis mañanas de escritura, porque porque el día le está ganando minutos a la noche. ¿Y hoy? Hoy es un «día-polvo». El cielo está turbio, hay polvo, o arena, o qué sé yo. Mi garganta, mi nariz, mis ojos se resienten por el polvo -o la arena- que se meten por todas partes. Quizás debería ponerme las gafas de lejos, o tal vez las de cerca, y así no me escocerían los ojos. O quizás deba de cerrarlos un rato, así seguro que no sentiré el picor y no lloraré involuntariamente. Bebo agua porque siento la garganta seca, porque es como si comiera polvo -o arena. Y respiro hondo, pero con cuidado, porque el polvo -o la arena- me hacen estornudar. Al final va a ser que tengo un resfriado primaveral y el polvo -o la arena- no tienen nada que ver.

Día polvoriento – o arenoso – de Marzo.

Esto sí que es un reto

¿Qué pasa cuando no sabes qué escribir? Estás delante del papel, con el bolígrafo en la mano (sí, yo soy de las que escribe a mano, en libretas, en papeles, en blocs) y no tienes ni idea de por dónde empezar. No tienes ni idea de qué vas a escribir, de hecho, no tienes ni idea de si vas a escribir o no. Y claro, me da por pensar que esto se debe parecer a cuando no sabes qué decir. Cuando estás con más personas y todo el mundo se queda callado, y a veces alguien dice “ha pasado un ángel” para romper el silencio, o la incomodidad. La incomodidad ¿de quién?

En este caso, ¿el silencio sería lo mismo que una hoja en blanco?

Delante de la hoja no siento incomodidad, más bien siento cierta presión, y cuando me pasa esto, la dejo de lado, porque no me gusta escribir bajo presión.

Luego, en cualquier momento del día, la más mínima cosa, un pequeño detalle, un ruido, una palabra, una imagen, hará que en mi cabeza surja una frase, y tras esa otra y otra más. Y así, sin darme cuenta, necesitaré volver a mi hoja en blanco para escribir las frases que bailan en mi cabeza. Para ordenarlas, o no, y contar una historia, o pensar en voz alta. Claro, que no habrá voz, pero como parece ser que el silencio y la hoja en blanco son parecidos, pues, digo yo, que las letras y la voz también lo serán.

Primer día

Empezaba a otoñear y ya hacía días que tenía que haber nacido, pero se resistía a salir. En aquellos tiempos no se sabía con precisión la fecha de embarazo. Y aquel sábado, con Nino Bravo cantando «América, América» empezaron los dolores de parto. Mal. La cosa iba muy mal y alguien debía decidir si los médicos salvaban a la madre o a la hija. Decidieron que a la madre. Nunca se lo ha reprochado a nadie. Y como está aquí, quiere decir que alguien se ocupó de ella, una enfermera en prácticas la reanimó. Esperaban que fuese un niño, incluso tenían el nombre, pero fue una niña, y eso, en el primer momento, causó cierto rechazo. El mismo día en que se inauguraba la Ópera de Sidney ella llegó al mundo y aquí sigue, dando guerra por muchos años más.