Querida Yo,

Me he despertado hace un rato. Todavía es de noche. Hacía días que no me pasaba, esto de abrir los ojos cuando no hay ruido afuera, cuando todavía falta para que la vida, el movimiento, la luz, empiecen a despertar.

Y aquí estoy, mi queridísima yo, contigo, con mi persona favorita. Quisiera decirte muchas cosas, sobre todo, querría que, cuando leas esto seas capaz de sonreír, apretar los puños y susurrar «¡sí!». Sé que mis letras te encontrarán en un buen momento.

La vida pasa, y, a veces, pesa. La vida se vive y, a veces, nos cuesta vivirla. Te deseo que vivas, que mastiques bien la vida, que bebas los momentos felices, que los saborees, que los mastiques. Que seas capaz de surfear las dificultades. Porque la vida va de eso, que ya lo sabemos ¿verdad? De luces y de sombras, de risas y de lágrimas.

Te deseo que rías mucho, que cuando lo hagas sea de verdad, como si no hubiera un mañana. Y cuando llores – porque también llorarás – sea también de verdad. Que lo sientas todo de verdad en todo tu ser. Que tus lágrimas te limpien, te desahoguen, que no te de miedo llorar, sentir sufrir…

Porque sabes – a estas alturas ya lo sabes – que en este juego llamado vida, sufrir y gozar van de la mano. Por eso cuando lleguen las nubes negras, que también llegarán, te deseo fuerza, impulso para salir de ello.

Te deseo abrazos. Abrazos de verdad, de los que salen de dentro, de los que no se reprimen. Abrazos sinceros, cálidos, fuertes, ricos. Te deseo miradas cómplices con quien tú elijas. Miradas que lo digan todo sin decir nada, miradas que te sonrojen, que te desarmen, que te despeinen… miradas que te hagan temblar, que te hagan tambalearte y recuperar el equilibrio. Te deseo, por supuesto, que pierdas el equilibrio cuando llegue esa mirada, esa palabra, esa voz, ese beso. Porque llegarán, y aunque quieras pensar que estás preparada, no lo estás, y te sorprenderá. Por ello, déjate llevar, el arrepentimiento no entra en esta partida, suelta el control.

Eres la protagonista de esta historia, tú has escrito parte del guion, tú puedes elegir los decorados, y tú eliges quien viaja contigo. Di «no» cuando te apetezca, sin culpa, sin miedo. Y di «si» mucho más de lo que lo haces, igualmente, sin culpa, y, sobre todo, sin miedo.

Sonríe. Porque sabes el poder que tiene tu sonrisa. Sabes la magia que provocan tus sonrisas. Escucha, observa, aprende. Hazlo como si fueras una niña, con curiosidad, con vergüenza, con prudencia, y no te dejes nada en el tintero.

Escribe, lee, canta, baila… sin culpa, sin medida, con ganas, con luz, a oscuras, como sea que te apetezca hacerlo.

Vive, vívelo todo. Lo bueno y lo menos bueno. Ya sabes que todo pasa, eso, te lo sabes hace tiempo, ya lo aprendiste. Dile a la vida que estás preparada, aunque ya lo sabe, porque te observa, porque todas las cosas que has vivido, que has guardado; todas esas historias que forman parte de tu piel, de tu aliento, son las que te han hecho ser quién eres ahora.

Y, querida yo, cuando leas esta carta, en unos meses, o unos años, sé que vas a sonreír. Vas a estar muy orgullosa de ti, de mí, de nosotras. Estamos aquí y vamos a hacerlo, juntas, de la mano. Gracias por existir. Te necesito conmigo, te quiero conmigo… ¿saltamos?

31 de diciembre de 2025

PD. La ciudad sigue dormida, y qué placer da verla despertar…

Lo mismo

Sabía lo que me ibas a decir antes de que empezaras a hablar, y sabía lo que iba a pasar antes de que te movieras. ¿Y sabes por qué lo sabía? Porque siempre es igual.

Otra vez lo mismo. Ya sé lo que vas a decir, cómo lo vas a decir y con qué tono. Y entonces finjo interés y me esfuerzo para que no notes que me aburro… que hace tiempo que me aburres.

Es como una coreografía sin música: repetitiva, insistente, agotadora, aprendida, vacía… La bailo por inercia porque no hay improvisación, ni novedad, ni sorpresa.

Parece un diálogo aprendido en el que tú dices «a» y yo respondo «b». Todo es tan previsible que cansa. Me cansa. Me canso.

Necesito otra cosa.

Necesito chispa, novedad, cambio. Necesito respirar.

Quiero otras historias, quiero sorprenderme —que me sorprendas—, quiero interesarme —que me intereses— quiero reír.

Y me estoy cansando. Me da pereza verte y escucharte. No quiero que nos pase esto, no quiero esta monotonía. Me agota tener que preparar un discurso, tener que interpretar un papel cada vez que estoy contigo. Me da pereza, y ya no me apetece. Y, además, no nos lo merecemos.

Hay silencios. Y luego están esos otros silencios: los incómodos, los que pesan, los vacíos.

No quiero esto. Necesito soltar un poco la cuerda, desprenderme de todo esto, y contigo tan cerca me ahogo. Siento que ya cumpliste tu misión conmigo y yo la mía contigo, y te doy las gracias por haber estado. Pero esta distancia emocional no puede traernos nada bueno por eso es mejor que lo sepas cuanto antes.

Me voy a alejar. No por ti sino por mi. Estaré bien, solo necesito echarte de menos. Y tal vez quien no me eche de menos seas tú; tal vez fui yo quien te aburrió, quien se apagó, quien puso esta distancia entre los dos. Tal vez mi apatía también te contagió.

Sea como sea, pase lo que pase… nunca volverá a ser lo mismo.

Octubre 2025

Sentir

Lo que sea que tienes que sentir, siéntelo. Lo que sea que tengas que decir, dilo. Lo que sea que tengas que llorar, llóralo. Y hazlo hoy, no mañana, amiga, porque la vida está pasando. Pasa frente a ti, a veces te adelanta y ya no puedes alcanzarla.

Lo que sea que tengas que reír, ríelo. Y ríe fuerte, y ríe mucho, y ríe bien.

Lo que sea que tengas que olvidar, olvídalo. Lo que sea que tengas que soltar, suéltalo, déjalo caer, deja que se rompa, si no es que está roto ya.

Lo que sea que tengas que pedir, pídelo. Lo que sea que tengas que agradecer, agradécelo. Déjate ir, no pienses, no juzgues, no TE juzgues. Lo que sea que tengas que vivir, vívelo, porque la vida pasa igual, y es mejor que pase como tú lo deseas. Hazme caso, amiga, no soy un oráculo, ni una adivina, pero te aseguro que vas a viajar mucho más ligera. Y lo que sea que tengas que viajar, «viájalo», con maleta o sin ella. Abre los ojos. Abre todos los poros de tu piel y déjate ir. Porque lo que sea que tenga que ser, amiga…será.

Julio 2025

Soñar

Hace algún tiempo, alguien me dijo que para retener los sueños mientras dormía, debía dejar la mano abierta debajo de la almohada, y no cerrar los puños al dormir. Suelo hacerlo, creo que siempre. Sin embargo no estoy segura de que sea ese gesto el que hace retener los sueños. Me imagino qué haría yo si fuese el sueño de alguien. Quisiera que me retuvieran por ser real, no querría que jugaran conmigo, querría que me soñaran de verdad. Querría que fueran sinceros conmigo. Porque los sueños se cuidan. Me quedaría aunque el puño estuviera cerrado porque confiaría ciegamente en quien me sueña, porque estaría segura de que no me van a traicionar. Los sueños son sueños pero también hay que mimarlos, no fallarles, quererlos de verdad. Porque si no lo haces, se rompen, se quiebran, se apagan, se olvidan. Porque, si con el tiempo, siendo sueño, descubriera que han jugado conmigo, de nada servirá que alguien mantenga la mano abierta al dormir, porque no voy a querer estar ahí, porque me escurriré entre los dedos y huiré de esa almohada.

Febrero 2025

Mudanza

Acabo de cerrar la última caja, la de los utensilios de cocina, que parece que se hayan reproducido en estos años. ¿En qué momento decidí tener tres coladores chinos? He tirado cosas inservibles que no sé para qué guardaba (ni sabía que tenía) a la basura; he regalado algún artilugio que sé que no usaré ni echaré de menos, y me he dado un tiempo de reflexión con algún que otro objeto de dudosa utilidad en mi futura cocina. Porque lo que va a cambiar es la cocina, no la persona que va a estar en ella, así que en el momento en que abra la caja donde escribo con rotulador negro de punta gruesa «COCINA-VARIOS» haré una nueva selección. Y es que, no nos engañemos, esta mudanza está siendo muy interesante desde el punto de vista de la selección y de la elección. En esta caja caben solamente diez platos y tres cazuelas, no voy a cargar más, así que la cazuela número cuatro queda descartada, los platos con algún golpe, los que no son de ninguna vajilla actual o los que quedaron al fondo del armario no van a tener el privilegio de viajar conmigo. Les doy las gracias por los servicios prestados y me despido de ellos. Y así llevo no sé cuántas cajas. En nada me pongo con las maletas, donde voy a transportar la ropa. Y esa va a ser, estoy convencidísima, otra gran aventura.

Entre cajas – Noviembre 2024

Correr

No hacía falta correr. Tampoco hacía falta cerrar los ojos. Ni siquiera contar hasta diez. Lo que pasa es que me he dado cuenta tarde. No porque llegara tarde a pesar de haber corrido. Tarde porque mientras corría con los ojos cerrados no fui capaz de ver lo que tenía delante, lo que estaba pasando allí mismo, a mi lado, conmigo, en mi. Yo corría. Apretaba los puños, bajaba la cabeza y pensaba en llegar. Solo pensaba en llegar cuanto antes. Y contaba: uno, dos, tres… y así hasta diez. Y cuando volvía a abrir los ojos no había pasado nada, aunque, en realidad, había pasado todo. No hacía falta preparar nada, no hacía falta preguntar, no hacía falta esconderse. Correr parecía la salida más fácil y sin embargo… ¿Ahora qué? «¿vas a seguir corriendo?» me pregunta una voz que no sé desde dónde me habla. No respondo. Estoy quieta. Observo, escucho, no me muevo, no me atrevo. Quisiera correr, porque es lo que sé hacer. Sé que sería un error, lo sé porque ya lo hice y no salió bien. Por eso me quedo inmóvil, con los ojos bien abiertos, y cuento: diez, nueve, ocho… así hasta uno. Comprendo que no voy a conseguir deshacer el camino, respiro, y le digo a la voz que me hablaba: «No voy a correr. Déjame. No voy a correr más». Y se calla.

Octubre 2024

Coser

Todavía queda un trozo por terminar. Pero ahora no estoy segura si lo que falta es una pieza (porque estoy armando un puzle), o un botón (porque voy a querer abrocharlo), o quizás un trazo (porque lo que tengo delante es un dibujo). Tal vez lo que me queda por hacer es dar una última puntada con hilo de colores, hacer pequeños nudos en ese mismo hilo, y dejar un cabo suelto para recuperarlo un poco más tarde.

En cualquier caso, me he distraído mirando hacia arriba. He estado peinando el aire y se me ha escapado una nube, pero ahora mismo retomo el hilo de la historia.

Tardes de agosto cosiendo.

Hola y adiós

Te sentaste a mi lado en el sofá. No entendí por qué. Yo no te había invitado, no te había dicho que vinieras y mucho menos te había pedido que te sentaras a mi lado. Pero ahí estabas, mirando al frente, mirándome de reojo, en silencio, esperando. Esperando ¿qué?

También esperé un rato para ver si te movías o hacías algún gesto que me diera una pista de para qué habías venido. No te moviste, no me moví. Te levantaste lentamente, giraste tu cabeza hacia mí, sonreíste con los labios y con los ojos y volviste a desaparecer.

Caer

A punto de caer, o casi cayendo, que viene a ser lo mismo. No había piedra, no había obstáculo, no había nada. Sin embargo, he perdido el equilibrio. Busco donde agarrarme, busco un anclaje, pero todo apunta a que esta vez voy a caer. Cierro los ojos, me conecto conmigo, busco en mi cabeza todo aquello que aprendí: inhalar, uno dos, exhalar, uno dos tres. Repito una vez más. Y siento. Siento que no hace falta agarrarse siempre, que no es necesario buscar apoyo, que si caigo tampoco pasa nada porque me volveré a levantar. Entonces, me dejo caer. No tengo fuerzas. Caigo y digo «Hola suelo, aquí estoy, me voy a quedar un ratito contigo, en nada me levanto.»

Mayo se va

Estoy lloviendo

Photo by Aleksandar Pasaric on Pexels.com

Me gusta conducir, me gusta cada vez más. Hace años que conduzco y cada vez que me subo al coche para viajar, para hacer un trayecto un poquito largo, pienso «Me iría al fin del mundo, entraría por caminos y rutas por las que no he pasado nunca y me dejaría llevar». Y hoy lo he hecho. Además, sin que haya pasado nada especial, circulando por una carretera con curvas, ilusionada con mi viaje, contemplando un paisaje precioso, he empezado a llover. No me he dado cuenta enseguida. He notado que se me ponía un nudo en la garganta, que se me empezaban a empañar los ojos, y he parado el coche. Me he dicho «Estoy lloviendo». Me he sentido llover. No era tristeza, no era dolor. No he sabido ponerle nombre porque ha sido algo nuevo. Y la primera cosa que he pensado, la expresión que se acerca más a lo que he sentido ha sido «Estoy lloviendo». ¡Qué bien me ha sentado llover un rato antes de volver a ponerme al volante y continuar con mi viaje! Tal vez vuelva a llover algún día, o tal vez no. Quizás mi lluvia me acompañará en la próxima ruta.

Mayo lluvioso