Hola y adiós

Te sentaste a mi lado en el sofá. No entendí por qué. Yo no te había invitado, no te había dicho que vinieras y mucho menos te había pedido que te sentaras a mi lado. Pero ahí estabas, mirando al frente, mirándome de reojo, en silencio, esperando. Esperando ¿qué?

También esperé un rato para ver si te movías o hacías algún gesto que me diera una pista de para qué habías venido. No te moviste, no me moví. Te levantaste lentamente, giraste tu cabeza hacia mí, sonreíste con los labios y con los ojos y volviste a desaparecer.

Caer

A punto de caer, o casi cayendo, que viene a ser lo mismo. No había piedra, no había obstáculo, no había nada. Sin embargo, he perdido el equilibrio. Busco donde agarrarme, busco un anclaje, pero todo apunta a que esta vez voy a caer. Cierro los ojos, me conecto conmigo, busco en mi cabeza todo aquello que aprendí: inhalar, uno dos, exhalar, uno dos tres. Repito una vez más. Y siento. Siento que no hace falta agarrarse siempre, que no es necesario buscar apoyo, que si caigo tampoco pasa nada porque me volveré a levantar. Entonces, me dejo caer. No tengo fuerzas. Caigo y digo «Hola suelo, aquí estoy, me voy a quedar un ratito contigo, en nada me levanto.»

Mayo se va

Estoy lloviendo

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Me gusta conducir, me gusta cada vez más. Hace años que conduzco y cada vez que me subo al coche para viajar, para hacer un trayecto un poquito largo, pienso «Me iría al fin del mundo, entraría por caminos y rutas por las que no he pasado nunca y me dejaría llevar». Y hoy lo he hecho. Además, sin que haya pasado nada especial, circulando por una carretera con curvas, ilusionada con mi viaje, contemplando un paisaje precioso, he empezado a llover. No me he dado cuenta enseguida. He notado que se me ponía un nudo en la garganta, que se me empezaban a empañar los ojos, y he parado el coche. Me he dicho «Estoy lloviendo». Me he sentido llover. No era tristeza, no era dolor. No he sabido ponerle nombre porque ha sido algo nuevo. Y la primera cosa que he pensado, la expresión que se acerca más a lo que he sentido ha sido «Estoy lloviendo». ¡Qué bien me ha sentado llover un rato antes de volver a ponerme al volante y continuar con mi viaje! Tal vez vuelva a llover algún día, o tal vez no. Quizás mi lluvia me acompañará en la próxima ruta.

Mayo lluvioso

Sueño antiguo

Ha sido como un sueño antiguo. De colores difuminados, de formas poco precisas, de rostros desdibujados. Ha sido como subir una escalera que no sabes adónde te va a llevar, como ver, a través de una ventana, un paisaje que se mueve y dejarte llevar por él hasta que alguien te toca el brazo y descubres que quien se está moviendo eres tú y no el paisaje. Y despiertas del sueño, y termina el viaje. Tu viaje por un sueño antiguo.

Final de abril lluvioso

Más

Siempre queremos más de aquello que nos gusta. Si pudiera elegir, yo leería más, escribiría más (y mejor), respiraría más. En todo caso respiraría conscientemente, con intención. Viviría más, disfrutaría más, amaría más… También reiría más, pasearía más, y miraría a mi alrededor con más curiosidad. Y soñaría mucho más, sin miedo, me daría permiso para soñar en grande, sin importar lo que vaya a pasar. Y dejaría de esperar que llegara el momento adecuado, o la persona adecuada, o el lugar adecuado.
Y ahora, mientras releo mis palabras, creo que lo que debo hacer es cambiar el tiempo verbal. Leeré más, escribiré más (y mejor), respiraré más, viviré mas, disfrutaré más, amaré más, reiré más, pasearé más, soñaré más. Y por supuesto, abrazaré más y más de verdad, y besaré más. Más de todo lo que me gusta, de todo con lo que vibro. De todo esto y de mucho más.

Día del libro 20204

Polvo

Me acabo de dar cuenta de que hace días que no enciendo la vela. Es que ya no la necesito para iluminar mis mañanas de escritura, porque porque el día le está ganando minutos a la noche. ¿Y hoy? Hoy es un «día-polvo». El cielo está turbio, hay polvo, o arena, o qué sé yo. Mi garganta, mi nariz, mis ojos se resienten por el polvo -o la arena- que se meten por todas partes. Quizás debería ponerme las gafas de lejos, o tal vez las de cerca, y así no me escocerían los ojos. O quizás deba de cerrarlos un rato, así seguro que no sentiré el picor y no lloraré involuntariamente. Bebo agua porque siento la garganta seca, porque es como si comiera polvo -o arena. Y respiro hondo, pero con cuidado, porque el polvo -o la arena- me hacen estornudar. Al final va a ser que tengo un resfriado primaveral y el polvo -o la arena- no tienen nada que ver.

Día polvoriento – o arenoso – de Marzo.

Esto sí que es un reto

¿Qué pasa cuando no sabes qué escribir? Estás delante del papel, con el bolígrafo en la mano (sí, yo soy de las que escribe a mano, en libretas, en papeles, en blocs) y no tienes ni idea de por dónde empezar. No tienes ni idea de qué vas a escribir, de hecho, no tienes ni idea de si vas a escribir o no. Y claro, me da por pensar que esto se debe parecer a cuando no sabes qué decir. Cuando estás con más personas y todo el mundo se queda callado, y a veces alguien dice “ha pasado un ángel” para romper el silencio, o la incomodidad. La incomodidad ¿de quién?

En este caso, ¿el silencio sería lo mismo que una hoja en blanco?

Delante de la hoja no siento incomodidad, más bien siento cierta presión, y cuando me pasa esto, la dejo de lado, porque no me gusta escribir bajo presión.

Luego, en cualquier momento del día, la más mínima cosa, un pequeño detalle, un ruido, una palabra, una imagen, hará que en mi cabeza surja una frase, y tras esa otra y otra más. Y así, sin darme cuenta, necesitaré volver a mi hoja en blanco para escribir las frases que bailan en mi cabeza. Para ordenarlas, o no, y contar una historia, o pensar en voz alta. Claro, que no habrá voz, pero como parece ser que el silencio y la hoja en blanco son parecidos, pues, digo yo, que las letras y la voz también lo serán.

Primer día

Empezaba a otoñear y ya hacía días que tenía que haber nacido, pero se resistía a salir. En aquellos tiempos no se sabía con precisión la fecha de embarazo. Y aquel sábado, con Nino Bravo cantando «América, América» empezaron los dolores de parto. Mal. La cosa iba muy mal y alguien debía decidir si los médicos salvaban a la madre o a la hija. Decidieron que a la madre. Nunca se lo ha reprochado a nadie. Y como está aquí, quiere decir que alguien se ocupó de ella, una enfermera en prácticas la reanimó. Esperaban que fuese un niño, incluso tenían el nombre, pero fue una niña, y eso, en el primer momento, causó cierto rechazo. El mismo día en que se inauguraba la Ópera de Sidney ella llegó al mundo y aquí sigue, dando guerra por muchos años más.

RETO nocturno

El reloj marca las dos de la madrugada. Hay luz fuera de la habitación «no puede ser, cuando me acosté estaba todo a oscuras». Me levanto. Claro, es ella, la luna, todavía no está llena pero ilumina con fuerza el pasillo. Me pongo a caminar siguiendo mi sombra, no estoy segura de estar despierta o durmiendo, pero me entretengo observando mi sombra y escuchando el silencio. Un silencio que acompaña, y que inspira. Vuelvo a la cama, me acomodo, cierro los ojos. Y sin saber por qué, ni de dónde viene, siento un olor. Viajo al día que lo olí por primera vez. No había estado nunca en aquella casa. Una pared blanca, una calle estrecha, una puerta que se atasca. La escalera, también estrecha, oscura. Y una sala, una chimenea, un suelo con baldosas marrones, que un poquito más allá son más claras, porque empieza la cocina. La misma cocina que ha escuchado tantas palabras, tantas voces diferentes, tantas risas, y algún llanto. Una puerta a un patio, un toldo verde y azul (porque si fuese solo verde parecería de una frutería). Macetas aquí y allá, el nido que las golondrinas construyen cada inicio de verano debajo del tejado. Entro otra vez, sigo por la escalera. La que se tapaba con un colchón cuando hacía demasiado frío, cuando arriba no había nada ni nadie… ¿nada? Es ahí. Arriba. Ahí está, ahí fue donde lo olí por primera vez. La luz del patio, la ventana que no se puede abrir porque entra demasiado calor, y demasiado frío. Y al fondo, un baño, y en el baño, ese olor a perfume, a limpio, a mezcla. Olor a papá cuando se acaba de afeitar. Olor a día de fiesta cuando te pones camisa y corbata. Olor a «hoy es un día especial» Olor a ti. Olor a ti solo allí, porque solo allí lo he sentido. No recuerdo el nombre, porque no tuve curiosidad por saberlo, porque si lo hubiera sabido, seguramente lo habría buscado, y en caso de encontrarlo, ya no habría sido el olor de aquel lugar. Creo que me he dormido, creo que lo he soñado, ¿Por qué hoy? ¿Por qué así?

Recordando un olor, una madrugada de febrero

RETO musical

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Hace mucho tiempo que cada vez que escucho una canción que me gusta, ya sea en la radio, en una tienda, en una película… la localizo y la añado a una de mis listas. Tengo varias, según el estilo de la canción, o según lo que me inspira la melodía. Esta mañana no me apetecía encender una vela, ni silencio, ni mantras. Esta mañana me he levantado con muchas ganas de moverme, de bailar, de saltar. He hecho una clase de «full body» y no he tenido suficiente, así que he buscado mi lista de música marchosa y me he puesto a bailar por casa. Esta ha sido la canción que ha sonado la primera en la lista https://www.youtube.com/watch?v=5mQVljB7JGw y que ha hecho que de manera totalmente inconsciente, mis pies, mis piernas y mis brazos hayan empezado a moverse, luego mi cabeza, mis caderas, toda yo. Y me he sentido bien. Libre, muy libre. No sé cuántas canciones he bailado, no me he preocupado de controlar el reloj, porque eso es parte de la libertad, perder la noción del tiempo, dejarse llevar, dejar que la música entre por los oídos y dejar el cuerpo suelto. Estoy escribiendo, la música sigue sonando, y aunque estoy sentada, sigo moviéndome, escribo con una sonrisa porque me siento bien, me siento muy bien. Seguramente cuando me levante daré algún giro más, y si la canción me provoca, seguiré bailando. Hoy el cuerpo me pide baile.

P.S por si a alguien le apetece moverse conmigo https://www.youtube.com/watch?v=5tq5p5gsg-E

Bailando en un día de Febrero.