No había lujos, no podía haberlos, aunque ¿qué sería un lujo?

Llegaba el miércoles, y sin fallar ni uno, venías con un ramo de claveles. Rojos, rosas o blancos según los tuviera la señora que los vendía a la puerta del mercado. No fallaste ni una semana, invierno o verano, siempre me traías ese ramo, hasta que dejamos de vivir cerca y no volvieron a haber claveles en casa.

Durante todos estos años, cada vez que he visto esa flor, he pensado en ti. Te he sentido muy cercana desde que te fuiste. Te tengo ahí, cerca, vigilándome, y el otro día me mandaste una señal: era miércoles, y sí, tuve un ramo de claveles, y para mí, eso, es un lujo.

Gracias infinitas.

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