Correr

No hacía falta correr. Tampoco hacía falta cerrar los ojos. Ni siquiera contar hasta diez. Lo que pasa es que me he dado cuenta tarde. No porque llegara tarde a pesar de haber corrido. Tarde porque mientras corría con los ojos cerrados no fui capaz de ver lo que tenía delante, lo que estaba pasando allí mismo, a mi lado, conmigo, en mi. Yo corría. Apretaba los puños, bajaba la cabeza y pensaba en llegar. Solo pensaba en llegar cuanto antes. Y contaba: uno, dos, tres… y así hasta diez. Y cuando volvía a abrir los ojos no había pasado nada, aunque, en realidad, había pasado todo. No hacía falta preparar nada, no hacía falta preguntar, no hacía falta esconderse. Correr parecía la salida más fácil y sin embargo… ¿Ahora qué? «¿vas a seguir corriendo?» me pregunta una voz que no sé desde dónde me habla. No respondo. Estoy quieta. Observo, escucho, no me muevo, no me atrevo. Quisiera correr, porque es lo que sé hacer. Sé que sería un error, lo sé porque ya lo hice y no salió bien. Por eso me quedo inmóvil, con los ojos bien abiertos, y cuento: diez, nueve, ocho… así hasta uno. Comprendo que no voy a conseguir deshacer el camino, respiro, y le digo a la voz que me hablaba: «No voy a correr. Déjame. No voy a correr más». Y se calla.

Octubre 2024

Deja un comentario