Hola y adiós

Te sentaste a mi lado en el sofá. No entendí por qué. Yo no te había invitado, no te había dicho que vinieras y mucho menos te había pedido que te sentaras a mi lado. Pero ahí estabas, mirando al frente, mirándome de reojo, en silencio, esperando. Esperando ¿qué?

También esperé un rato para ver si te movías o hacías algún gesto que me diera una pista de para qué habías venido. No te moviste, no me moví. Te levantaste lentamente, giraste tu cabeza hacia mí, sonreíste con los labios y con los ojos y volviste a desaparecer.