A punto de caer, o casi cayendo, que viene a ser lo mismo. No había piedra, no había obstáculo, no había nada. Sin embargo, he perdido el equilibrio. Busco donde agarrarme, busco un anclaje, pero todo apunta a que esta vez voy a caer. Cierro los ojos, me conecto conmigo, busco en mi cabeza todo aquello que aprendí: inhalar, uno dos, exhalar, uno dos tres. Repito una vez más. Y siento. Siento que no hace falta agarrarse siempre, que no es necesario buscar apoyo, que si caigo tampoco pasa nada porque me volveré a levantar. Entonces, me dejo caer. No tengo fuerzas. Caigo y digo «Hola suelo, aquí estoy, me voy a quedar un ratito contigo, en nada me levanto.»
Mayo se va