Me acabo de dar cuenta de que hace días que no enciendo la vela. Es que ya no la necesito para iluminar mis mañanas de escritura, porque porque el día le está ganando minutos a la noche. ¿Y hoy? Hoy es un «día-polvo». El cielo está turbio, hay polvo, o arena, o qué sé yo. Mi garganta, mi nariz, mis ojos se resienten por el polvo -o la arena- que se meten por todas partes. Quizás debería ponerme las gafas de lejos, o tal vez las de cerca, y así no me escocerían los ojos. O quizás deba de cerrarlos un rato, así seguro que no sentiré el picor y no lloraré involuntariamente. Bebo agua porque siento la garganta seca, porque es como si comiera polvo -o arena. Y respiro hondo, pero con cuidado, porque el polvo -o la arena- me hacen estornudar. Al final va a ser que tengo un resfriado primaveral y el polvo -o la arena- no tienen nada que ver.
Día polvoriento – o arenoso – de Marzo.