Polvo

Me acabo de dar cuenta de que hace días que no enciendo la vela. Es que ya no la necesito para iluminar mis mañanas de escritura, porque porque el día le está ganando minutos a la noche. ¿Y hoy? Hoy es un «día-polvo». El cielo está turbio, hay polvo, o arena, o qué sé yo. Mi garganta, mi nariz, mis ojos se resienten por el polvo -o la arena- que se meten por todas partes. Quizás debería ponerme las gafas de lejos, o tal vez las de cerca, y así no me escocerían los ojos. O quizás deba de cerrarlos un rato, así seguro que no sentiré el picor y no lloraré involuntariamente. Bebo agua porque siento la garganta seca, porque es como si comiera polvo -o arena. Y respiro hondo, pero con cuidado, porque el polvo -o la arena- me hacen estornudar. Al final va a ser que tengo un resfriado primaveral y el polvo -o la arena- no tienen nada que ver.

Día polvoriento – o arenoso – de Marzo.

Esto sí que es un reto

¿Qué pasa cuando no sabes qué escribir? Estás delante del papel, con el bolígrafo en la mano (sí, yo soy de las que escribe a mano, en libretas, en papeles, en blocs) y no tienes ni idea de por dónde empezar. No tienes ni idea de qué vas a escribir, de hecho, no tienes ni idea de si vas a escribir o no. Y claro, me da por pensar que esto se debe parecer a cuando no sabes qué decir. Cuando estás con más personas y todo el mundo se queda callado, y a veces alguien dice “ha pasado un ángel” para romper el silencio, o la incomodidad. La incomodidad ¿de quién?

En este caso, ¿el silencio sería lo mismo que una hoja en blanco?

Delante de la hoja no siento incomodidad, más bien siento cierta presión, y cuando me pasa esto, la dejo de lado, porque no me gusta escribir bajo presión.

Luego, en cualquier momento del día, la más mínima cosa, un pequeño detalle, un ruido, una palabra, una imagen, hará que en mi cabeza surja una frase, y tras esa otra y otra más. Y así, sin darme cuenta, necesitaré volver a mi hoja en blanco para escribir las frases que bailan en mi cabeza. Para ordenarlas, o no, y contar una historia, o pensar en voz alta. Claro, que no habrá voz, pero como parece ser que el silencio y la hoja en blanco son parecidos, pues, digo yo, que las letras y la voz también lo serán.

Primer día

Empezaba a otoñear y ya hacía días que tenía que haber nacido, pero se resistía a salir. En aquellos tiempos no se sabía con precisión la fecha de embarazo. Y aquel sábado, con Nino Bravo cantando «América, América» empezaron los dolores de parto. Mal. La cosa iba muy mal y alguien debía decidir si los médicos salvaban a la madre o a la hija. Decidieron que a la madre. Nunca se lo ha reprochado a nadie. Y como está aquí, quiere decir que alguien se ocupó de ella, una enfermera en prácticas la reanimó. Esperaban que fuese un niño, incluso tenían el nombre, pero fue una niña, y eso, en el primer momento, causó cierto rechazo. El mismo día en que se inauguraba la Ópera de Sidney ella llegó al mundo y aquí sigue, dando guerra por muchos años más.