
Su piel era clara y cambiaba de color a medida que el sol la bañaba. Su piel era suave, muy suave. Tanto, que aquellas manos apenas la rozaban cuando la acariciaba. Sus dedos se convertían en pinceles cuando dibujaban su cuerpo, o escribían poemas en su espalda, y seguían la estela de sus pecas imaginando que eran las constelaciones de aquel universo infinito. Su piel era bella, el viento la erizaba, y la brisa la besaba, en susurros, con dulzura. Su piel era ella. Y piel con piel, sus manos se rozaban en la penumbra, sus dedos se buscaban como teclas para componer una melodía suave. Se entrelazaban, se encontraban, se cogían y se agarraban y terminaban piel con piel, sin necesidad de nada más.
Agosto 2023