Llovía, llovía mucho. Era abril, era lluvia de abril. Esa lluvia que no cesa, esa lluvia que a ratos es intensa y a ratos acaricia. Me bajé del coche diciéndote algo parecido a “anda ya”. Si hubiese sabido que aquella noche era la última que te veía… Ni tú ni yo lo sospechábamos, era imposible imaginar que a los dos días de bajarme del coche, un día de abril, un día como hoy, te irías.
Llovía tanto que la lluvia se volvió nieve. Sí, era abril, y la nieve caía delante de mí, apoyada en una pared, la pared que me separaba de ti. Pero tú ya no estabas, ya te habías ido. Y seguía nevando. Eras demasiado joven, demasiado bueno, demasiado amigo, si es que de eso se puede ser demasiado.
Me conocías tan bien… no teníamos contador de minutos para saber el tiempo que pasábamos hablando por teléfono ( entonces el teléfono estaba atado a un cable) pero recuerdo que algunos días la merienda se juntaba con la cena. Y nos daba igual. Y teníamos nuestro código, nuestras reglas, nuestro lenguaje. Si una de tus misones en la vida fue ser mi amigo, la cumpliste con creces, y te doy las gracias por haber estado conmigo durante unos años de tu corta vida.
Cada mes de abril, cuando llueve y la lluvia se vueleve nieve, pienso que andas por aquí, cerca de mí.
Gracias F.