Lucía salió de casa, como cada mañana, para ir al parque a dar de comer a las palomas. No fallaba ni un día desde que Emilio se marchó, y de eso hacía ya un tiempo. Mientras caminaba lentamente, le llamó la atención la manga de una chaqueta que sobresalía de una papelera. Se acercó y sacó la prenda. Era un chaquetón azul, estaba en buen estado, sólo un poco arrugado. Lo tomó y se lo llevó. Mientras estaba sentada en el banco del parque, examinó el chaquetón con atención. Tenía todos los botones, y el forro estaba un poco gastado, pero seguro que lo podría aprovechar después de limpiarlo. Metió la mano en un bolsillo y encontró un papelito. Era una entrada de cine. Apenas se leía el nombre de la película o la fecha. Lo que sí que se veía perfectamente era la butaca: fila 11, asiento 20.
Recordó el primer día que fue al cine con Emilio. Él la había ido a buscar al salir de la fábrica, le había llevado una margarita. Era su primera cita oficial. Recordó esa cita. Recordó el primer roce de manos en la penumbra del cine, el beso en la mejilla al llegar a la puerta de su casa y el rubor de sus mejillas cuando ella le devolvió el beso.
Recordó las risas a la orilla del río, los paseos a la luz de la luna, las historias interminables que se explicaban mientras miraban las puestas de sol desde la colina. Los sueños que dibujaban mirando el cielo, la vida que construyeron juntos con ilusión, con amor… Lucía recordó todo eso aquella mañana en el banco del parque. Una lágrima resbalaba por su mejilla, pero no era una lágrima de tristeza. Se sentía feliz por haber vivido una vida con Emilio, se sintió feliz por haber encontrado la entrada del cine y haber visto la película de su vida sentada en el asiento 20 de la fila 11.