Tenía un don y se dedicaba a perseguir a las personas que caminaban con la cabeza agachada mirando al suelo. Se acercaba a ellos y cuando levantaban la mirada, ¡zas! les daba un beso.
Se ganó algún que otro bofetón, pero la mayoría de la gente, para su sorpresa, acababan riéndose.
No iba a poder ser su profesión. Ser Robabesos era solo una afición, un reto, pero sobre todo una práctica que muchos otros empezaron a imitar. De ahí salieron Robaabrazos, Robasonrisas y Robacosquillas.