Vas a escribir un
guión con historias de princesas que no saben ni reír ni llorar, princesas que solamente quieren soñar. Empiezas inventando palabras, y emprendes un viaje con destino a lo desconocido, sin expectativas, sin juicios, con curiosidad.
Recorres con el dedo el mapa que dibujan las gotas de lluvia sobre el cristal, ese mismo mapa que se vuelve fugaz, y sigues hacia cualquier dirección, preguntándote cómo huele el frío, de dónde viene el viento, y dónde acaba el mar. Y cuando alcanzas el primer cruce de caminos, cierras los ojos, pisas los charcos, saltas en ellos y te dejas llevar.
Quieres sin querer, y de lo que estás seguro es que tu guión no va a terminar en drama, porque no bajarás el telón sin haber dibujado una sonrisa en el rostro de las princesas de esta historia.