Aquella mujer

Escrito en Noviembre de 1992:

Se fijó en aquella mujer del otro banco. Su cara arrugada, su frente, sus manos. Toda ella daba la sensación de haber vivido mucho, y de haber sufrido también.

Cuando levantó los ojos vio su tristeza, la añoranza de otros tiempos. Le sonrió y su sonrisa fue una invitación, un aliento, una esperanza. Esa noche soñó con aquellos ojos grises, con aquellas arrugas tan bellas.

Al día siguiente volvió. La misma mujer, el mismo banco, el mismo vestido. Volvió a mirarla, volvió a sonreir y se acercó a ella. Le habló de su juventud, de otros tiempos, de sus ilusiones y desilusiones, de sus alegrías y de sus fracasos. Sus ojos grises brillaban como perlas negras, por la edad, por los recuerdos. Sus manos estaban entre las manos arrugadas pero firmes. Tras la historia el consejo, la experiencia, la vida.

Se siguieron los días. Cada uno era distinto, cada día era nuevo, una nueva historia, un capítulo nuevo, como el cuento de una vida. Cada día aprendía algo, cada día le daba menos miedo crecer.

Pero aquel día, de lluvia como el día de «su» boda, no vino; ni al siguiente. En el mismo banco intentaba imaginar nuevas historias, pero faltaban su voz y el calor de sus manos.

Comprendió lo que había pasado, pero no quería admitirlo. Tanta vida no podía morir. Solo podía estar en otro banco haciendo crecer a alguien más, viviendo en su pasado y muriendo poco a poco, contando su vida con una sonrisa en los labios.

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