No empezaste a escribir aquella historia como se supone que se empiezan las historias: con una mayúscula.
Empezaste con unos puntos suspensivos, esos mismos puntos que dan pie a imaginar, que no cierran puertas.
Seguiste tu relato con alguna coma, porque ibas sumando y mejorando. Y aunque la caligrafía estaba cuidada, olvidaste algun acento. Precisamente en palabras importantes, incluso en alguna entrecomillada.
Olvidaste cerrar algún paréntesis y se cayó algún punto de exclamación. Pero lo que más me llamó la atención fue que la historia no tenía punto y aparte ni punto final.
R.
